Después de que una muchedumbre asaltara el palacio de Versalles, Luis XVI decidió trasladarse con su familia a otro palacio en el mismo centro de París. Acostumbrados al lujo y a la libertad que gozaban, el Rey y su esposa se vieron de repente recluidos en unos apartamentos relativamente pequeños, rodeados por el tumulto de la ciudad y debiendo soportar la presencia constante de la Guardia Nacional, que más que protegerlos parecía vigilarlos.

Para muchos partidarios de la vieja monarquía, aquello parecía un arresto domiciliario. La prueba definitiva llegó el 19 de abril de 1791, cuando los reyes decidieron salir de París para pasar el Domingo de Ramos en su residencia campestre y se vieron envueltos por una multitud que les impidió partir e incluso los cubrió de insultos. Tras el incidente, el rey no se recató en declarar públicamente que era un prisionero; y en privado, instado por su esposa, decidió escapar.

Hacía meses que muchos nobles le habían aconsejado huir; el rey se había mostrado indeciso, pero no así su esposa, quien pese a su fama de frivolidad demostró estar forjada en un metal más duro que su marido. Decidida a escapar, buscó la ayuda del conde Axel von Fersen, un aristócrata sueco que se había convertido en su mejor amigo y que al final de la historia también fue ejecutado.

Los fugitivos tardaron más en salir, que en lo que estaban de vuelta.  Seis mil ciudadanos armados y guardias nacionales los acompañaron durante el trayecto de regreso. El 25 de junio entraron en París, en medio de un silencio sepulcral. Según los testigos, el monarca parecía extraordinariamente tranquilo, como si nada especial hubiese pasado.

El 11 de diciembre de 1792, el rey Luis XVI, fue presentado ante la Asamblea Nacional francesa acusándolo formalmente de traición. El rey entró en la sala de Convención y antes de tomar asiento, el presidente del tribunal le dijo: «Luis, la nación te acusa; la Asamblea Nacional ha decidido juzgarte». Luego se le leyó la lista de cargos.

El 15 de enero tuvo lugar la primera votación. A la pregunta acerca de si Luis XVI era culpable de conspiración, 691 diputados, de un total de 749, contestaron que sí. No hubo ningún no. La suerte de Luis XVI estaba echada: el rey, debía morir en la guillotina y así sucedió. (  NATIONAL GEOGRAFIC).

Amable lector: después de haber leído la historia anterior completa, de la cual omití datos por cuestión de espacio, no puedo imaginar la cantidad de cabezas que rodarían por doquier si esto sucediera en nuestro país. Desde luego, no hay nada que temer, no os asustéis, porque aquí nunca pasará eso. Aquí ocurre todo lo contrario. Quien traiciona a la patria está condenado a vivir plácidamente por el resto de sus días, y no solo eso, también puede que tenga el honor de obtener una silla embrujada para ocupar cualquier cargo público, negociado con antelación,  eso sí, de diputado local para arriba y sin ensuciarse los zapatitos.

Yo me pregunto, ¿qué tendría que pasar para que diputados y senadores de cualquier color e ideología, se pongan de acuerdo y decidan de una buena vez defender a este país  de tanto ladrón cínico  y desvergonzado. ¿Cómo se atreven los posibles futuros gobernantes a incluir en sus listas a personas que han demostrado ser unas fichitas? No lo puedo entender, lo he dicho muchas veces y no me cansare, no queremos que nos gobiernen santos, ni ángeles del cielo, no creo que lo merezcamos, porque nosotros mismos somos alcahuetes de esas designaciones. ¿Para qué las instituciones que tanto dinero nos cuestan? ¿Para qué tantas leyes que no se respetan?

No hay fecha que no se llegue, ni plazo que no se cumpla y aunque al final de sus mandatos nadie los juzgue ni los condene a la guillotina, se convierten en blanco de ofensas y maldiciones que en ese momento no les hacen ni cosquillas. Pero la ley del talión es inquebrantable, solo que se les olvida. Tal vez los que cometen tanto abuso no vean de momento en ellos mismos su destrucción, casi siempre la recibe de una u otra manera su descendencia, aunque nunca se sepa.

Recordemos que en esta vida, no hay nada que hagamos mal que no sea facturado.

fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC