Hubo una vez un rey que tenía a su pueblo hundido en el  hambre y la miseria, en lo único que se ocupaba era en aumentar su riqueza y vivir entre fiestas y excesos. Como era de esperarse, a través del tiempo la situación se fue poniendo más difícil con su gente,  a tal punto, que decidió ir a consultar a un vidente. – Este le miró  fijamente y le dijo: “se acerca  una gran guerra que puedes perder, para evitar la derrota, tienes que reunir a todos los habitantes de tu comarca, acércalos y ofréceles una gran comida, nadie debe quedar fuera, ninguno puede faltar”.

En ese momento, su mayor adversario a quien calificaban de loco, hizo su aparición en medio de la plaza del pueblo tocando un par de tambores.-  Los aldeanos poco a poco comenzaron a reunirse alrededor de él con el fin de escucharlo tocar y olvidar un poco su tristeza.  – Cuando el rey se enteró  que la gente no acudía a la comida que les había ofrecido, llamó a uno de sus súbditos y le dijo que tocara las trompetas para que la gente se acercara al banquete. – El súbdito asustado,  le explicó al rey lo que estaba sucediendo, además, también le informó,  que lo que aquel hombre tocaba era un poco raro, que no se entendía muy bien, pero que la gente estaba frenética.

EL rey incrédulo y curioso, decidió ir en busca de aquel hombre al que muchos seguían.- Pero antes de salir para aligerar su paso, despreocupado, se quitó la corona dejándola a un lado de su trono.-  Y sucedió que mientras el rey iba tras su rival, este, ágilmente  corrió hasta la silla del monarca; apresurado se acomodó y dijo a sus seguidores:

“quien ha ofrecido esta comida para todos ustedes, no lo hizo porque estuvieran pasando hambre y miseria, lo hizo porque sabía  que una gran guerra llegaría e inevitablemente lo derrotaría”. – Después de haber pronunciado esto,  se puso de pie y  colocándose la corona exclamó: “la guerra ha terminado, he aquí su nuevo rey”.

 

Amable lector: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.- A los que han perdido su trono y su corona, les debe quedar muy claro que de nada sirve ofrecer grandes comilonas de última hora y mucho menos en privado.

La unidad no debe promoverse cuando se vislumbra la desgracia. – Hay que aprender a olfatear los tiempos, hay que entender que el poder no puede permanecer para siempre y solo en unos cuantos. –

Nada más que decir, nada más que opinar. – Ahí vamos de nuevo como cada seis años: algunos vamos temerosos, otros ilusionados, otros indiferentes y algunos bien amarrados.- “El rey ha muerto, viva el rey”.